jueves, 22 de julio de 2010

Bolilla 2: Revelación

Bolilla 2: La Revelación, etimología y tipos. Concepto católico de Revelación. Etapas. Transmisión de la Revelación. Escritura, Tradición y Magisterio, definiciones y relaciones. Modos de transmisión. El Depósito de la fe confiado a la Iglesia. Concepto y evolución del dogma. Verdades católicas. Las opiniones teológicas. Censuras teológicas.

Revelación, etimología y tipos:

La palabra “Revelación” proviene del latino “revelatio”, “revelare”, que traduce el griego “apokalitein” que significa “quitar el velo”, “desvelar”. En sentido literal hablar de Revelación divina es lo mismo que decir que Dios se desvela, se despoja del velo que le cubre mostrando su rostro .

La etimología del término “Revelación” es remover un velo, es decir, manifestación de una cosa oculta. En su uso más corriente el término revelación se aplica a la manifestación de verdades.
Si quien descubre el velo o hace la manifestación es un hombre, la revelación es humana. Si la manifestación de la verdad la hace Dios, la revelación es divina. Esta revelación divina se hace a través de medios naturales, es decir, a través de sus obras, la revelación divina es natural.
Si la manifestación la hace Dios no a través de sus obras, sino directamente, con sus hechos y palabras, comunicándose El con el hombre, la revelación es divina sobrenatural .

Mediante la razón natural, el hombre puede conocer a Dios con certeza a partir de sus obras. Pero existe otro orden de conocimiento que el hombre no puede de ningún modo alcanzar por sus propias fuerzas, el de la Revelación divina. Por una decisión enteramente libre, Dios se revela y se al hombre. Lo hace revelando su misterio, su designio benevolente que estableció desde la eternidad en Cristo a favor de todos los hombres. Revela plenamente su designio enviando a su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo y al Espíritu Santo. (CIC 50)

Concepto Católico de Revelación

“Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen partícipes de la naturaleza divina” (DV 2)

Dios, que “habita una luz inaccesible” (1 Tim 6, 16), quiere comunicar su propia vida divina a los hombres libremente creados por Él, para hacer de ellos, en su Hijo único, hijos adoptivos (cf. Ef 1, 4-5). Al revelarse a sí mismo, Dios quiere hacer a los hombres capaces por sus propias fuerzas.

El designio divino de la Revelación se realiza a la vez “mediante acciones y palabras”, íntimamente ligadas entre sí y que se esclarecen mutuamente (DV 2).
Este designio comporta una “pedagogía divina” particular: Dios se comunica gradualmente al hombre, lo prepara por etapas para acoger la Revelación sobrenatural que hace de sí mismo y que culminará en la Persona y la misión del Verbo encarnado, Jesucristo.

S. Ireneo de Lyon habla en varias ocasiones de esta pedagogía divina bajo la imagen de un mutuo acostumbrase entre Dios y el hombre: “El Verbo de Dios ha habitado en el hombre y se ha hecho Hijo del hombre para acostumbrar al hombre a comprender a Dios y para acostumbrar a Dios a habitar en el hombre, según la voluntad del Padre. (haer. 3, 20)
(CIC 51-53)

Las etapas de la Revelación

Desde el origen, Dios se da a conocer

“Dios, creándolo todo y conservándolo por su Verbo, da a los hombres testimonio perenne de sí en las cosas creadas, y, queriendo abrir el camino de la salvación sobrenatural, se manifestó, además, personalmente a nuestros primeros padres ya desde el principio” (DV 3). Los invitó a una comunión íntima con Él revistiéndolos de una gracia y de una justicia resplandecientes.

Está Revelación no fue interrumpida por el pecado de nuestros primeros padres. Dios, en efecto, “después de su caída alentó en ellos la esperanza de la salvación con la promesa de la redención, y tuvo incesante cuidado del género humano, para dar la vida eterna a todos los que buscan la salvación con la perseverancia en las buenas obras” (DV 3)

La alianza con Noé

Una vez rota la unidad del género humano por el pecado, Dios decide desde el comienzo salvar a la humanidad a través de una serie de etapas. La Alianza con Noé después del diluvio (cf. Gn 9,9) expresa el principio de la economía divna con las “naciones”, es decir, con los hombres agrupados “según sus países, cada uno según su lengua, y según sus clanes” (Gn 10, 5; cf. 10, 20-31)

Este orden a la vez cósmico, social y religioso de la pluralidad de las naciones está destinado a limitar el orgullo de una humanidad caída que, unánime en su perversidad quisiera hacer por sí misma su unidad a la manera de Babel.
Pero, a causa del pecado, el politeísmo así como la idolatría de la nación y de su jefe son una amenaza constante de vuelta al paganismo para esta economía aún no definitiva.

La alianza con Noé permanece en vigor mientras dura el tiempo de las naciones, hasta la proclamación universal del Evangelio. La Biblia venera algunas grandes figuras de las “naciones”, como “Abel el justo”, el rey sacerdote Melquisedec, figura de Cristo, o los justos Noe, Daniel y Job. De esta manera, la Escritura expresa qué altura de santidad pueden alcanzar los que viven según la alianza de Noé en la espera de que Cristo “reúna en uno a todos los hijos de Dios dispersos” (Jn 11, 52)

Dios elige a Abraham

Para reunir a la humanidad dispersa, Dios elige a Abraham llamándolo “fuera de su tierra, de su patria y de su casa” (Gn 12, 1), para hacer de él “Abraham”, es decir, “el padre de la multitud de naciones” (Gn 17, 5): “En ti serán benditas todas las naciones de la tierra” (G, 12, 3)

El pueblo nacido de Abraham será el depositario de la promesa hecha a los patriarcas, el Pueblo de la elección, llamado a preparar un día la reunión de todos los hijos de Dios en la unidad de la Iglesia; ese pueblo será la raíz en la que serán injertados los paganos hechos creyentes.

Los patriarcas, los profetas y otros personajes del Antiguo Testamento han sido y serán siempre venerados como santos en todas las tradiciones litúrgicas de la Iglesia.

Dios forma a su pueblo, Israel

Después de la etapa de los patriarcas, Dios constituyó a Israel como su Pueblo salvándolo de la esclavitud de Egipto. Estableció con él la alianza del Sinaí y le dio por medio de Moisés su Ley, para que lo reconociese y le sirviera como al único Dios vivo y verdadero, Padre providente y juez justo, y para que esperase al Salvador prometido (DV 3)

Israel es el pueblo sacerdotal de Dios, el que “lleva el Nombre del Señor”. Es el pueblo de aquellos a quienes Dios hablo primero, el pueblo de los “hermanos mayores” en la fe de Abraham.

Por los profetas, Dios forma a su pueblo en la esperanza de la salvación, en la espera de una Alianza nueva y eterna destinada a todos los hombres y que será grabada en los corazones. Los profetas anuncian una redención radical del pueblo de Dios, la purificación de todas sus infidelidades, una salvación que incluirá a todas las naciones. Serán sobre todo los pobres y los humildes del Señor quienes mantendrán esta esperanza. Las mujeres santas como Sara, Rebeca, Raquel, Miriam, Débora, Ana, Judit y Ester conservaron viva la esperanza de la salvación de Israel. De ellas la figura más pura es María (Lc 1, 38)

CRISTO JESÚS, “MEDIADOR Y PLENITU DE TODA LA REVELACIÓN” (DV 2)

Dios ha dicho todo en su Verbo

“De una manera fragmentaria y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por su Hijo” (Heb 1, 1-2). Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la Palabra única, perfecta e insuperable del Padre. En Él lo dice todo; no habrá otra palabra más que ésta. San Juan de la Cruz, después de otros muchos, lo expresa de manera luminosa, comentando Heb 1, 1-2:

Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra y no tiene más que hablar [...]; porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado en Él todo, dándonos al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad” (San Juan de la Cruz, Subida al monte Carmelo 2, 22.3-5)

No habrá otra revelación

“La economía cristiana, por ser Alianza nueva y definitiva, nunca pasará; ni hay que esperar otra revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo”(DV 4). Sin embargo, aunque la Revelación esté acabada no está completamente explicitada; corresponderá a la fe cristiana comprender gradualmente todo su contenido en el transcurso de los siglos.

A lo largo de los siglos ha habido revelaciones llamadas “privadas”, algunas de las cuales han sido reconocidas por la autoridad de la Iglesia. Éstas, sin embargo, no pertenecen al depósito de la fe. Su función no es la de “mejorar” o “completar” la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia. Guiado por el Magisterio de la Iglesia, el sentir de los fieles (sensus fidelium) sabe discernir y acoger lo que en estas revelaciones constituye una llamada auténtica de Cristo o de sus santos a la Iglesia.
La fe cristiana no puede aceptar “revelaciones” que pretenden superar o corregir la Revelación de la que Cristo es la plenitud. Es el caso de ciertas religiones no cristianas y también de ciertas sectas recientes que se fundan en semejantes “revelaciones”. (CIC 54-67)

La Transmisión de la Revelación Divina (CIC 74-79)

Dios “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2, 4), es decir, al conocimiento del Cristo Jesús (cf. Jn 14, 6). Es preciso, pues, que Cristo sea anunciado a todos los pueblos y a todos los hombres; y que así la Revelación llegue hasta los confines del mundo:

Dios quiso que lo que había revelado para la salvación de todos los pueblos se conservara por siempre íntegro y fuera transmitido a todas las edades (DV 7)

La Tradición Apostólica

“Cristo nuestro Señor, plenitud de la Revelación, mandó a los Apóstoles predicar a todos los hombre el Evangelio como fuente de toda norma de conducta, comunicándoles así los bienes divinos: el Evangelio prometido por los profetas, que Él mismo cumplió y promulgó con su voz” (DV 7)

La predicación apostólica ...

La transmisión del Evangelio, según el mandato del Señor, se hizo de dos maneras:
Oralmente: “los Apóstoles, con su predicación, sus ejemplos, sus instituciones, transmitieron de palabra lo que habían aprendido de las obras y palabras de Cristo y lo que el Espíritu Santo les enseñó”;
Por escrito: “los mismos Apóstoles y otros de su generación pusieron por escrito el mensaje de la salvación inspirados por el Espíritu Santo (DV 7)

... continuada en la sucesión apostólica

“Para que este Evangelio se conservara siempre vivo y entero en la Iglesia, los Apóstoles nombraron como sucesores a los Obispos, dejándoles su cargo en el Magisterio” (DV 7). En efecto, “la predicación apostólica, expresada de un modo especial en los libros sagrados, se ha de conservar por transmisión continua hasta el fin de los tiempos (DV 8)

Esta transmisión viva, llevada a cabo en el Espíritu Santo, es llamada la Tradición en cuanto distinta de la Sagrada Escritura, aunque estrechamente ligada a ella. Por ella, “La Iglesia con su enseñanza, su vida, su culto, conserva y transmite a todas las edades lo que es y lo que cree” (DV 8) “Las palabras de los Santos Padres atestiguan la presencia viva de esta Tradición, cuyas riquezas van pasando a la práctica y a la vida de la Iglesia que cree y ora” (DV 8)
Así la comunicación que el Padre ha hecho de sí mismo por su Verbo en el Espíritu Santo sigue presente y activa en la Iglesia: “Dios, que habló en otros tiempos, sigue conservando siempre con la Esposa de su Hijo amado; así el Espíritu Santo, por quien la voz viva del Evangelio resuena en la Iglesia, y por ella en el mundo entero, va introduciendo a los fieles en la verdad plena y hace que habite en ellos intensamente la palabra de Cristo” (DV 8)

Escritura, Tradición y Magisterio, definiciones y relaciones. Modos de transmisión. (CIC 80-83)

LA RELACIÓN ENTRE LA TRADICIÓN Y LA SAGRADA ESCRITURA

Una fuente común ...

La Tradición y la Sagrada Escritura “están íntimamente unidas y compenetradas. Porque surgiendo ambas de la misma fuente se funden en cierto modo y tienden a un mismo fin (DV 9). Una y otra hacen presente y fecundo en la Iglesia el misterio de Cristo que ha prometido estar con los suyos “para siempre hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20)

Dos modos distintos de transmisión

“La Sagrada Escritura es la Palabra de Dios, en cuanto escrita por inspiración del Espíritu Santo”.

“La Tradición recibe la palabra de Dios, encomendada por Cristo y el Espíritu Santo a los Apóstoles, y la transmite íntegra a los sucesores; para que ellos, iluminados por el Espíritu de la verdad, la conserven, la expongan y la difundan fielmente en su predicación”.

De ahí resulta que la Iglesia, a la cual está confiada la transmisión y la interpretación de la Revelación, “no saca exclusivamente de la Escritura la certeza de todo lo revelado. Y así una y otra se han de recibir y respetar con el mismo espíritu de amor y respeto” (DV 9)

Tradición apostólica y tradiciones eclesiales

La Tradición de que hablamos aquí es la que viene de los Apóstoles y transmite lo que éstos recibieron de las enseñanzas y del ejemplo de Jesús y lo que aprendieron por el Espíritu Santo. En efecto, la primera generación de cristianos no tenía aún un Nuevo Testamento escrito, y el Nuevo Testamento mismo atestigua el proceso de la Tradición viva.
Es preciso distinguir de ella las “tradiciones” teológicas, disciplinares, litúrgicas o devocionales nacidas en el transcurso del tiempo en las Iglesias locales.
Estás constituyen formas particulares en las que la gran Tradición recibe expresiones adaptadas a los diversos lugares y a las diversas épocas. Sólo a la luz de la gran Tradición aquéllas pueden ser mantenidas, modificadas o también abandonadas bajo la guía del Magisterio de la Iglesia.

El Depósito de la fe confiado a la Iglesia. (CIC 84-87)

“El depósito sagrado” (1 Tim 6, 20; 2 Tim 1, 12-14) de la fe (depositum fidei), contenido en la Sagrada Tradición y en la Sagrada Escritura fue confiado por los Apóstoles al conjunto de la Iglesia. “Fiel a dicho depósito, el pueblo cristiano entero, unido a sus pastores, persevera siempre en la doctrina apostólica y en la unión, en la eucaristía y la oración, y así se realiza una maravillosa concordia de pastores y fieles por conservar, practicar y profesar la fe recibida” (DV 10)

El Magisterio de la Iglesia

“El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado sólo al Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo” (DV 10), es decir, encomendado a los obispos en comunión con el sucesor de Pedro, el Obispo de Roma.

“El Magisterio no está por encima de la palabra de Dios, sino a su servicio, para enseñar puramente lo transmitido, pues por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo lo escucha devotamente, lo custodia celosamente, lo explica fielmente; y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como revelado por Dios para ser creído” (DV 10)

Los fieles, recordando la palabra de Cristo a sus Apóstoles: “El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 10, 16; cf LG 20), reciben con docilidad las enseñanzas y directrices que sus pastores les dan de diferentes formas.

Concepto y evolución del dogma. (CIC 88-95)

Los dogmas de la fe

El Magisterio de la Iglesia ejerce plenamente la autoridad que tiene de Cristo cuando define dogmas, es decir, cuando propone, de una forma que obliga al pueblo cristiano a una adhesión irrevocable de fe, verdades contenidas en la Revelación divina o también cuando propone de manera definitiva verdades que tienen con ellas un vínculo necesario.

Existe un vínculo orgánico entre nuestra vida espiritual y los dogmas. Los dogmas son luces en el camino de nuestra fe, lo iluminan y lo hacen seguro. De modo inverso, si nuestra vida es recta, nuestra inteligencia y nuestro corazón estarán abiertos para acoger la luz de los dogmas de la fe. (cf. Jn 8, 31-32)

Los vínculos mutuos y la coherencia de los dogmas pueden ser hallados en el conjunto de la Revelación del misterio de Cristo. “Existe un orden o jerarquía de las verdades de la doctrina católica, puesto que es diversa su conexión con el fundamento de la fe cristiana” (UR 11)

El sentido sobrenatural de la fe.

Todos los fieles tienen parte en la comprensión y en la transmisión de la verdad revelada. Han recibido la unción del Espíritu Santo que los instruye (1 Jn 2, 20.27) y los conduce a la verdad completa (Jn 16, 13)

“La totalidad de los fieles ... no puede equivocarse en la fe. Se manifiesta esta propiedad suya, tan peculiar, en el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo: cuando desde los obispos hasta el último de los laicos cristianos muestran estar totalmente de acuerdo en cuestiones de fe y de moral (LG 12)

“El Espíritu de la verdad suscita y sostiene este sentido de la fe. Con él, el Pueblo de Dios, bajo la dirección del Magisterio ... se adhiere indefectiblemente a la fe transmitida a los santos de una vez para siempre, la profundiza con un juicio recto y la aplica cada día más plenamente en la vida” (LG 12)

El crecimiento en la inteligencia de la fe.

Gracias a la asistencia del Espíritu Santo, la inteligencia tanto de las realidades como de las palabras del depósito de la fe puede crecer en la vida de la Iglesia:
- “Cuando los fieles las contemplan y estudian repasándolas en su corazón” (DV 8), es en particular la investigación teológica la que debe “profundizar en el conocimiento de la verdad revelada”
- Cuando los fieles “comprenden internamente los misterios que viven”. “La comprensión de las palabras divinas crece con su reiterada lectura”. San Gregorio Magno.
- “Cuando las proclaman los obispos, que con la sucesión apostólica reciben un carisma de la verdad” (DV 8)

“La Tradición, la Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según el plan prudente de Dios, están unidos y ligados, de modo que ninguno puede subsistir sin los otros; los tres, cada uno según su carácter, y bajo la acción del único Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas” (DV 10)

Verdades católicas. Las opiniones teológicas. Censuras teológicas.

En el campo de sentido de los dogmas están las “verdades católicas”. Se entienden por tal las verdades que no han sido reveladas inmediatamente por Dios, pero que a consecuencia de su estrecha relación con la Revelación son garantizadas por la Iglesia. El católico no ve garantizada su validez inmediatamente en la autoridad de Dios, sino en la autoridad de la Iglesia creada y apoyada por la autoridad de Dios. Las afirma, por tanto, primariamente por la Iglesia y en último término por la autoridad de Dios, porque por Dios afirma también la Iglesia. Las verdades católicas suelen ser divididas en tres grupos:

1. Conclusiones Teológicas: son los conocimientos deducidos por la razón de dos verdades reveladas que hacen de premisas o de una verdad revelada y una verdad racional evidente.
De las conclusiones teológicas cuyas premisas son dos verdades reveladas hay que decir que ellas mismas están reveladas inmediatamente en cuanto a su contenido. La actividad discursiva del entendimiento humano solo sirve para desarrollar lo que está contenido en la Revelación misma. Tales conclusiones pueden, por tanto, ser declaradas dogmas de la Iglesia.
Las conclusiones en que solo una de las premisas es verdad revelada y la otra una verdad racional evidente son llamadas, según el tomismo, conclusiones teológicas en sentido propio. A ellas les corresponde la definición de verdad católica en sentido pleno. No pueden ser definidas como dogmas en el sentido antes explicado. Sin embargo la Iglesia, puede proclamarlas como verdades infaliblemente. La infalibilidad de la Iglesia al juzgar las conclusiones teológicas tiene su razón en el hecho de que están tan estrechamente unidas con la Revelación misma, que sin la infalibilidad eclesiástica en las conclusiones teológicas la Revelación no podría ser asegurada ni sería eficaz para la vida religiosa. Según la teoría escotista también estas verdades pueden ser propuestas como dogmas.

2. Verdades de Razón: estas son las verdades filosóficas que tienen una relación indisoluble con el dogma. La Iglesia puede definir con infalibilidad las doctrinas filosóficas que son presupuestos necesarios de las verdades reveladas, por ejemplo, la capacidad cognoscitiva de la razón humana, y condenar las que están en contradicción con la Revelación, por ejemplo, el agnosticismo absoluto, ya que no puede haber contradicción entre la razón y la verdad revelada.

3. Hechos Dogmáticos: se distinguen los de sentido amplio y estricto.
Un hecho dogmático en sentido amplio es aquel hecho histórico no revelado que está tan íntimamente entretejido con la Revelación, que su negación acarrearía también la negación de un dogma, por ejemplo, el episcopado romano del apóstol Pedro, la legitimidad de un Papa, la convocación legal de un Concilio Ecuménico.
El hecho dogmático en sentido estricto se entiende la facticidad de una determinada interpretación de un texto dogmático juzgado por la Iglesia, por ejemplo, del capítulo III de la polémica origenista. La Iglesia tiene que ser infalible al fijar el sentido de un texto dogmático, porque de lo contrario no podría proteger suficientemente a los fieles del error. La interpretación eclesiástica de un determinado texto que afecta a la fe no significa que su autor quisiera decir realmente lo que la Iglesia determina. La Iglesia no decide el contenido intentado por el autor. No hace más que destacar el sentido que el lector sin perjuicios saca de un texto cuando se entrega sencillamente a él. Por ejemplo, al condenar varias proposiciones sacadas de las obras de Eckhart no condena ni la disposición de ánimo ni la intención de este místico, sino la significación que tienen al pie de la letra las proposiciones por ella valoradas.














miércoles, 21 de julio de 2010

El hombre es “capaz” de Dios (CIC 27-30):

El deseo de Dios está inscripto en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar:

La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios. El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento; pues no existe sino porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su creador (GS 19, 1).

De múltiples maneras, en su historia, y hasta el día de hoy, los hombres han expresado su búsqueda de Dios por medio de sus creencias y sus comportamientos religiosos (oraciones, sacrificios, cultos, meditaciones, etc.). A pesar de las ambigüedades que pueden entrañar, estas formas de expresión son tan universales que se puede llamar al hombre un ser religioso:

Él creó, de un solo principio, todo el linaje humano, para que habitase sobre toda la faz de la tierra, y determinó con exactitud el tiempo y los límites del lugar donde habían de habitar, con el fin de que buscasen a Dios, para ver si a tientas lo buscaban y lo hallaban por más que no se encuentra lejos de cada uno de nosotros, pues en él vivimos, nos movemos y existimos (Hec 17, 26-28)

Pero está unión íntima y vital con Dios puede ser olvidada desconocida e incluso rechazada explícitamente por el hombre. Tales actitudes pueden tener orígenes muy diversos: la rebelión contra el mal en el mundo, la ignorancia o la indiferencia religiosas, los afanes del mundo y las riquezas, el mal ejemplo de los creyentes, las corrientes de pensamientos hostiles a la religión, y finalmente esa actitud del hombre pecador que, por miedo, se oculta a Dios y huye ante su llamada.

“Se alegre el corazón de los que buscan a Dios” (Sal 105, 3). Si el hombre puede olvidar o rechazar a Dios, Dios no cesa de llamar a todo hombre a buscarlo para que viva y encuentre la dicha. Pero esa búsqueda exige del hombre todo el esfuerzo de su inteligencia, la rectitud de su voluntad, “un corazón recto”, y también el testimonio de otros que le enseñen a buscar a Dios.

Tu eres grande, Señor, y muy digno de alabanza: grande es tu poder, y tu sabiduría no tiene medida. Y el hombre, pequeña parte de tu Creación, pretende alabarte; precisamente el hombre que, revestido de su condición mortal, lleva en sí el testimonio de su pecado y el testimonio de que Tú resistes a los soberbios. A pesar de todo, el hombre, pequeña parte de tu Creación, quiere alabarte. Tú mismo lo incitas a ello, haciendo que encuentre sus delicias en tu alabanza, porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto mientras no descansa en ti (San Agustín, Conf, 1,1,1).

Las vías de acceso al conocimiento de Dios (CIC 31-35):

Creado a imagen de Dios, llamado a conocer y amar a Dios, el hombre que busca a Dios descubre ciertas “vías” para acceder al conocimiento de Dios. Se las llama también “pruebas de la existencia de Dios”, no en el sentido de las pruebas propias de las ciencias naturales, sino en el sentido de “argumentos convergentes y convincentes” que permiten llegar a verdaderas certezas.
Estas “vías”para acercarse a Dios tienen como punto de partida la Creación: el mundo material y la persona humana.

El mundo: a partir del movimiento y del devenir, de la contingencia, del orden y de la belleza del mundo se puede conocer a Dios como origen y fin del universo.

El hombre: con su apertura a la verdad y a la belleza, con su sentido del bien moral, con su libertad y la voz de su conciencia, con su aspiración al infinito y a la dicha, el hombre se interroga sobre la existencia de Dios. En estas aperturas, percibe signos de su alma espiritual. La semilla de eternidad que lleva en sí, el ser irreductible a la sola materia, su alma, no puede tener origen más que en Dios.

El mundo y el hombre atestiguan que no tienen en ellos mismos ni su primer principio ni su fin último, sino que participan de Aquel que es el ser en sí, sin origen y sin fin. Así, por estas diversas “vías”, el hombre puede acceder al conocimiento de la existencia de una realidad que es la causa primera y el fin último de todo, “y que todos llaman Dios”

Las facultades del hombre lo hacen capaz de conocer la existencia de un Dios personal. Pero para que el hombre pueda entrar en su intimidad, Dios ha querido revelarse al hombre y darle la gracia de poder acoger en la fe esa revelación. Sin embargo, las pruebas de la existencia de Dios pueden disponer a la fe y ayudar a ver que la fe no se opone a la razón humana.

El conocimiento de Dios según la Iglesia (CIC 36-38)

“La santa Iglesia, nuestra madre, mantiene y enseña que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza mediante la luz natural de la razón humana a partir de las cosas creadas” (Vat I Ds 3004; Vat II, DV 6). Sin está capacidad el hombre no podría acoger la Revelación de Dios. El hombre tiene esta capacidad porque ha sido creado “a imagen de Dios” (Gen 1, 26)

Sin embargo, en las condiciones históricas en que se encuentra, el hombre experimenta muchas dificultades para conocer a Dios con la sola luz de su razón.

Por esto el hombre necesita ser iluminado por la Revelación de Dios, no solamente acerca de lo que supera su entendimiento, sino también sobre “las verdades religiosas y morales que de suyo no son inaccesibles a la razón, a fin de que puedan ser, en el estado actual del género humano, conocidas de todos sin dificultad, con una certeza firme y sin mezcla de error “ (DV 6).

Cómo hablar de Dios (CIC 39-43)

Al defender la capacidad de la razón humana para conocer a Dios, la Iglesia expresa su confianza en la posibilidad de hablar de Dios a todos los hombres y con todos los hombres. Esta convicción está en la base de su diálogo con las otras religiones, con la filosofía y las ciencias, y también con los no creyentes y los ateos.

Puesto que nuestro conocimiento de Dios es limitado, nuestro lenguaje sobre Dios lo es también. No podemos nombrar a Dios sino a partir de las criaturas, y según nuestro modo humano limitado de conocer y de pensar.

Todas las criaturas poseen una cierta semejanza con Dios, muy especialmente el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios. Las múltiples perfecciones de las criaturas (su verdad, su bondad, su belleza) reflejan, por tanto, la perfección infinita de Dios. Por ello, podemos nombrar a Dios a partir de las perfecciones de sus criaturas, “pues de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor” (Sb 13, 5)

Dios trasciende todo criatura. Es preciso, pues, purificar sin cesar nuestro lenguaje de todo lo que tiene de limitado, de expresión por medio de imágenes, de imperfecto, para no confundir al Dios “inefable, incomprensible, invisible, inalcanzable” con nuestras representaciones humanas. Nuestras palabras humanas quedan siempre más acá del misterio.

Al hablar así de Dios, nuestro lenguaje se expresa ciertamente de modo humano, pero capta realmente a Dios mismo, sin poder, no obstante, expresarlo en su infinita simplicidad. Es preciso recordar, en efecto, que “entre el Creador y la criatura no se puede señalar una semejanza tal que la diferencia entre ellos no sea mayor todavía, y que nosotros no podemos captar de Dios lo que Él es, sino solamente lo que no es y cómo los otros seres se sitúan con relación a Él.


La Religión y el Fenómeno Religioso:

RELIGIÓN[1]: El vocablo “religión” significa relación con Dios. Se usa ordinariamente para indicar una forma concreta y estructural, histórica y cultural, es decir, una de las religiones existentes. También puede significar el conjunto de elementos básicos de la religión: verdades o creencias, moral, ritos, fórmulas, ofrendas, etc.
Toda religión ofrece un concepto de salvación y unos medios para alcanzarla, en relación con Dios o con la verdad y el bien absoluto. En cuanto que se busca esta salvación por medio de la “religión”, se indica la “relación” con Dios o con la trascendencia.
La actitud religiosa consiste en la búsqueda del significado integral de la existencia humana, de la historia y de todo el cosmos, en relación con Dios (el absoluto, trascendente), que es la fuente de todo (el Creador) y hacia quien se orienta todo. La búsqueda de la verdad y del bien, que es innata en todo corazón humano, se concreta en una búsqueda de quien es la Verdad y el Bien.
En toda cultura aparece una triple relación: con el cosmos, con los semejantes, con la trascendencia. La relación respecto a la trascendencia, más o menos explícita y personal, se llama religión. Este dinamismo hacia el más allá se encuentra en la misma pregunta que todo ser humano se hace sobre el sentido de su existencia: su origen, su finalidad... Por esto, en todo pueblo y cultura se encuentran una o varias religiones, como formas diversas de expresar el sentido de la trascendencia y de “relación” con el Absoluto (Dios). El hecho religioso es una constante histórica y cultural en todos los pueblos y en todas las épocas de la historia.
La religión indica una fuerte relación con Dios o con lo “sagrado”, es decir, con la trascendencia, el más allá, lo “oculto”, el “misterio”. Ordinariamente, las religiones expresan esta relación con el Creador personal, “Dios”, que es principio y fin de todo. Las narraciones de los hechos religiosos se expresan, a veces, con lenguaje mítico, que tiene su propio valor humano y popular.
Los actos de religión son medios para relacionarse con Dios o con la trascendencia: ritos, oraciones, ofrendas. Estos actos pueden ser personales o comunitarios, y tienden a expresar la adoración, alabanza, gratitud, petición, repetición. De este modo se reconoce que Dios es el primer principio, de quien procede todo y que es más allá de todo (adoración); pero, al mismo tiempo, se manifiesta una cierta confianza o unión con su poder o su bondad, según los casos.
La oración es considerada como el corazón de la religión, porque manifiesta el deseo de relación y encuentro.

Religiones[2]: La diversidad de religiones es debida a las diversas perspectivas de enfocar la relación del hombre con Dios, especialmente debido a las manifestaciones culturales condicionadas a la psicología, historia y sociología. En realidad, toda religión busca la verdad, el bien y la belleza, para dar sentido a la vida, aunque con las luces no faltan sombras, limitaciones, defectos y errores. El modo peculiar de relacionarse con Dios o la trascendencia repercutirá en los conceptos sobre el hombre y la creación. Esos mismos conceptos o intuiciones originarán otros tantos modos de concebir y practicar la religión.
Las diversas religiones han ido naciendo en los diversos pueblos y culturas bajo la acción providencial del mismo Dios, a veces por medio de personas dotadas de una fuerte experiencia religiosa. “Ya desde la antigüedad y hasta nuestros días se encuentra en los diversos pueblos una cierta percepción de aquella fuerza misteriosa que se halla presente en la marcha de las cosas y en los acontecimientos de la vida humana y a veces también el reconocimiento de la Suma Divinidad e incluso del Padre. Esta percepción y conocimiento penetra toda su vida con íntimo sentido religioso. Las religiones, al tomar contacto con el progreso de la cultura, se esfuerzan por responder a dichos problemas con nociones más precisas y con un lenguaje más elaborado” (NAe 2)
También las religiones no cristianas, son “expresión viviente del alma de vastos grupos humanos. Llevan en sí mismas el eco de milenios a la búsqueda de Dios; búsqueda incompleta pero hecha frecuentemente con sinceridad y rectitud de corazón. Poseen un impresionante patrimonio de textos profundamente religiosos. Han enseñado a generaciones de personas a orar (EN 53). De ellas se puede decir que contienen “semillas del Verbo” y constituyen una auténtica “preparación evangélica” (AG 11, 18; RMi 28)

Encuentro actual entre las religiones

El encuentro entre todas las religiones es un fenómeno de nuestro tiempo, debido a las migraciones, relaciones sociales, medios de comunicación, etc. Se vislumbra una sociedad mundial concentrada en grandes ciudades cosmopolitas, interreligiosas, interculturales, interraciales e interlingüísticas. En esta situación, todo creyente debería estar preparado para afirmar y vivir su propia fe, apreciando, al mismo tiempo, los valores religiosos de los demás, que también proceden del mismo y único Dios.
El encuentro con el cristianismo es también un cuestionamiento de la vida de los creyentes, puesto que están llamados a presentar la novedad cristiana del Hijo de Dios hecho hombre, que no ha venido a abolir, sino para llevar todo a su “cumplimiento” (Mt 5, 17). Por esto la actitud cristiana de anuncio y diálogo “no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, por más que discrepen en mucho de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres. Anuncia y tiene la obligación de anunciar constantemente a Cristo, que es “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6), en quien los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa y en quien Dios reconcilió consigo todas las cosas (NAe 2)
Jesucristo y las Religiones

En Jesucristo, el Verbo Encarnado, Dios se manifiesta de modo definitivo, trascendiendo culturas y épocas diversas, asumiendo la preparación evangélica que ya existe en la humanidad desde la primera revelación hecha por Dios a Adán, Noé, Abraham, Moisés. El cristianismo aporta la respuesta definitiva a las religiones monoteístas y proféticas (hebraísmo, islam, etc.) que quieren encontrar a Dios en los acontecimientos, interpretándolos con la palabra divina (la “revelación”). Y es también la respuesta a las religiones místicas, que buscan a Dios (o al Absoluto) en el fondo del corazón humano.

(Se puede seguir profundizando el tema hablando del DIÁLOGO INTERRELIGIOSO Y ECUMÉNICO).



[1] ESQUERDA BIFET J., Diccionario de la Evangelización, BAC, Madrid, 1998, Pg 624-625
[2] ESQUERDA BIFET J., Diccionario de la Evangelización, BAC, Madrid, 1998, Pg 625-627
Bolilla 1: Noción de Teología. Definición Nominal y Real. Objeto de la Teología. La teología como ciencia. El hombre “capaz” de Dios. La Religión y el fenómeno religioso. Concepto y evolución del Dogma. Verdades católicas. Las opiniones teológicas. Censuras teológicas.

Noción de Teología

1. Dios y el Hombre


o ¿Alguna vez sintieron la necesidad de preguntarse sobre Dios?
o ¿Necesitamos la Teología sirve para algo?

La cuestión de Dios surge de la experiencia que el hombre tiene de sí, es decir, cuando se pregunta qué sentido tiene su vida, por qué existe en el mundo, para qué existe. El planteamiento acerca de Dios no puede surgir del absurdo, sino del sentido de la vida.

Por ello, conociéndose e interrogándose en profundidad, se irá preguntando y descubriendo la presencia de Dios.

Ahora, Dios no es el producto de nuestra reflexión y de nuestra investigación. Aunque el hombre se interrogue sobre Dios, es sin embargo cuestionado por Dios. Es El quien viene al encuentro del hombre y quien al haberlo creado lo orienta hacia Él.
No es el hombre quien encuentra a Dios, sino es Dios quien se manifiesta al hombre. En la labor de preguntarse acerca de Dios, el hombre más que cuestionarse viene cuestionado por Dios y puesto en la necesidad de optar.

Y es Dios que se manifiesta de manera Personal no Impersonal, ante quien el hombre puede confiarse plenamente y encontrar respuesta a sus interrogantes más profundos.

2. Teología y vida creyente

La cuestión de Dios es algo inherente al hombre en su propia naturaleza y por lo tanto la reflexión teológica aparece como algo que no sólo no está desvinculado del hombre, sino que es una necesidad para poder responder a la propia vocación humana.

La teología no es una ciencia abstracta y totalmente trascendente que hace al teólogo una persona desvinculada de la realidad. Todo lo contrario, la teología exige al creyente responder con su propia vida, aquí y ahora, metido en el mundo y en relación con los demás hombres, al que Dios interroga.
Esto quiere decir que hacer teología no es un ejercicio meramente especulativo para buscar la comprensión del misterio, sino que es algo propio de la vida del creyente que, al reflexionar y dar respuesta al Dios que lo interpela, busca los motivos para creer, profundiza en las verdades que sirven de apoyo para su vida de fe, analiza el punto focal para entender su existencia y con ello poder proyectar y lanzar su esperanza hacia un más allá que le anime en su vivencia de amor y entrega a los demás, colaborando al mismo tiempo en la construcción y transformación de este mundo que lo circunda.

No se estudia teología para ser un técnico de la fe, sino para comenzar una reflexión que pueda y deba ayudar al crecimiento de la fe y en el desarrollo del testimonio de caridad.

La teología por lo tanto parte objetivamente de la fe y del conocimiento de la fe que la Iglesia presente tiene y ha tenido en cada uno de los momentos de su historia. [1]

Definición Nomimal

La palabra “Teología” proviene del griego, significa literalmente “discurso, palabra o ciencia de Dios”. Puede tener dos acepciones, tanto “la palabra que viene de Dios” como así también “la palabra que trata de Dios”.

En el mundo greco-romano de la antigüedad pagana se llamaba teólogos a los poetas y filósofos que ofrecían una explicación mitológica del mundo.
Aristóteles equipara la teología a la mitología. Ocasionalmente llama teología a la filosofía primera, es decir, a la metafísica, a diferencia de la filosofía natural y matemática.
Los estoicos llamaban teología a cualquier intento de buscar a Dios en la mitología, en la filosofía o en el culto.
Los pensadores cristianos usaron al principio la palabra teología en el mismo sentido que los filósofos greco-romanos.

En el siglo II el término “teología” se comenzó a usar a nivel eclesial lenta y paulatinamente como el intento de penetrar intelectualmente en la Revelación ocurrida en Cristo. Así se fue dotando al término de un contenido nuevo.
El uso cristiano de la palabra teología se prepara en Clemente de Alejandría y especialmente en Orígenes de Alejandría a fines del siglo II e inicios del III. Es aclarado y completado en Eusebio de Cesarea. Desde entonces la palabra pertenece al seguro haber del lenguaje cristiano en la cristiandad occidental.[2]

Definición Real

Al hablar manifiesto mi interioridad, es signo y expresión de nuestra vida. Y por la palabra se realiza el encuentro entre locutor y oyente. El locutor se revela a los demás. El oyente está ordenado al que habla.

La teología es un hablar especial. Trata de Dios y viene de Dios. El hombre solo puede hablar de Dios, si Dios habla primero sobre sí mismo al hombre. Todo hablar del hombre sobre Dios, tiene carácter de respuesta. Supone haber oído la palabra de Dios.
La palabra a Dios se convierte en palabra sobre Dios, cuando el hombre comienza a reflexionar sobre lo que Dios le ha dicho. La teología solo es, por tanto, posible cuando Dios se abre y el hombre acepta comprensivamente la palabra que viene de Dios, da la respuesta intentada por la palabra divina y trata de interpretar esta relación.[3]

La Teología como Ciencia y su Objeto

La mejor y más sencilla definición de teología sigue siendo la de San Anselmo: “Fides querens intellectum”. Esta es una definición que no va a la naturaleza de la teología, sino a su función. En efecto, coloca como punto de partida la fe; como punto de llegada el entender; entre estos dos puntos sitúa la “quesito”, el preguntar, la búsqueda ilimitada de lo creído, del por qué y cómo se cree.
Se trata pues, de una contemplación de la fe con una acuñación nueva: el trabajo científico y racional.

La fe constituye la base necesaria de la teología, ya que la fe, por ser un acto que implica a toda la persona, exige un sometimiento del hombre, tanto de su conocimiento como de su voluntad, a la Palabra de Dios.
La teología no es simplemente fe, es conocimiento de la fe, reflexión a partir de la fe. Por esto, la fe nunca carece totalmente de reflexión, sino que avanza siempre hacia un conocimiento de ella misma.
La teología como estudio está justificada no por el afán de conocer un objeto cualquiera, sino por la aspiración de escuchar el mensaje divino de la salvación.
Así la teología es una actividad de la fe con miras a buscar su desarrollo y crecimiento, pues la revelación de la salvación es algo que se presenta como rica de significado para el hombre, como respuesta al problema de la vida. En efecto, el hombre no puede por sí mismo descubrir el sentido último de su existencia y por ello, cuando Dios se revela como el sentido de la vida, esta solución trascendente y plena de sentido aparece como rica de significado para nuestra reflexión.

Como soporte es necesario una filosofía que responda a la pregunta sobre la totalidad de la existencia humana. La fe, por consiguiente, no elimina la responsabilidad racional, sino que la hace valer plenamente. Entre filosofía y fe se establece, por tanto, un diálogo; sin embargo ninguna filosofía puede expresar totalmente la fe cristiana y a su vez, está critica y transforma a aquella.[4]

1. Características Fundamentales

Como la teología tiene como objeto la fe viva de la Iglesia que proclama al Dios que salva en Jesucristo, en razón de su objeto ella tiene entonces ciertas características propias.

a) Carácter histórico: como Dios se revela en la historia y por la historia, se sigue que la teología tiene que referirse constantemente a la historia de la salvación para que a partir de allí pueda ofrecer una interpretación completa de la revelación.
b) Carácter cristológico: la historia de la salvación está completamente centrada en la persona de Cristo. No podemos conocer a Dios sino es a través de Jesucristo. La historia de la salvación llega a su culmen en el acontecimiento y en la persona de Cristo.
c) Carácter pneumático: el Espíritu Santo es quien permite ver en la teología que tiene por objeto la fe a una realidad viva.
d) Carácter eclesiológico: la teología escucha y recibe la palabra de Dios en la Iglesia y acepta la reflexión y la vivencia de toda la historia de la Iglesia.
e) Carácter escatológico: la teología es tarea de una Iglesia peregrina hacia la Jerusalén Celestial.
f) Carácter antropológico: Dios dirige su palabra al hombre y es éste quien la escucha y recibe. De ahí que la teología no puede ser ajena al hombre.
Objeto de la Teología: Dios, nuestra salvación, tal como se ha manifestado en y por Jesucristo, proclamado y vivido en la fe de la Iglesia.

2.- Funciones de la Teología.

Las funciones de la teología son tres: en primer lugar la teología procura un conocimiento completo de la Sagrada Escritura y de la Tradición de la Iglesia (teología positiva); una comprensión e inteligencia de la fe (teología especulativa) y una vivencia de ella, que se exprese en el hoy de la salvación. Tiene que hacerse vida (teología práctica).

Estás funciones de la teología van unidas y entrelazadas de tal manera que siempre están en todo quehacer teológico.[5]


[1] RUIZ ARENA O., Jesús, Epifanía del amor del Padre, Teología de la Revelación, CELAM, Bogota, 1987, Pg 21-25
[2] Cfr. SCHMAUS M., Teología Dogmática, I. La Trinidad de Dios, RIALP, Madrid, 1963, Pg 15-17
[3] Cfr. SCHMAUS M., Teología Dogmática,I. La Trinidad de Dios, Pg 17-18
[4] RUIZ ARENA O., Jesús, Epifanía del amor del Padre, Teología de la Revelación, CELAM, Bogota, 1987, Pg 25-28
[5] RUIZ ARENA O., Jesús, Epifanía del amor del Padre, Teología de la Revelación, CELAM, Bogota, 1987, Pg 28-31